
En la provincia de El Seibo, hablar de tradición, esfuerzo y sabor es hablar de Pedro Miguel Gálvez. Conocido popularmente por todos como el «Clásico» de las empanadas de yuca, Pedro se ha convertido en un referente de superación y en un vivo ejemplo de que el trabajo honrado rinde los mejores frutos.
Su historia no es fortuita; es un legado familiar con raíces profundas. El negocio de las empanadas llegó a sus manos por línea directa de su bisabuela, pasando luego a su madre. Tras el fallecimiento de esta, Pedro asumió con orgullo y responsabilidad las riendas del negocio familiar, manteniendo viva una tradición que alimenta a generaciones.

De los chulitos a una próspera microempresa
Los inicios de Pedro en el oficio estuvieron marcados por la sencillez. Comenzó vendiendo los tradicionales chulitos de yuca, para luego dar el salto a las empanadas. Quienes conocen el negocio desde sus orígenes recuerdan con nostalgia los tiempos en que las empanadas se vendían a dos por cinco pesos.
Hoy en día, el panorama económico ha cambiado y, debido al aumento de los costos con el transcurrir de los años, cada pieza se vende a 50 pesos. Sin embargo, el crecimiento de este proyecto ha sido imparable. Lo que inició de forma ambulante se ha transformado en una verdadera microempresa que vende entre 300 y 400 empanadas diarias y genera empleo para 4 colaboradores, dinamizando la economía local de su comunidad.
Pedro ha sabido diversificar su oferta y actualmente ofrece una amplia variedad de empanadas de yuca rellenas de:
- Carne de res
- Pollo
- Vegetales
Una jornada de sol a sol y diversificación móvil
El éxito de este negocio no es obra de la casualidad, sino de una disciplina inquebrantable. Su rutina diaria comienza a las 4:00 de la mañana y se extiende hasta las 8:00 de la noche.
La jornada se divide en dos tiempos:
- Por las mañanas: Se dedica por completo a la producción y venta de sus famosas empanadas de yuca.
- Por las tardes: Cambia de menú y sale a las calles a vender chicharrones en una camioneta móvil, adaptada perfectamente como una cocina sobre ruedas.

Los frutos del esfuerzo: Familia, patrimonio y educación
Para Pedro, las empanadas han sido el motor que ha transformado su vida y la de los suyos. Gracias a la excelente rentabilidad de su microempresa, hoy cuenta con su casa propia y se encuentra realizando una inversión para adquirir un apartamento. En el plano personal, celebra 25 años de feliz unión matrimonial junto a su esposa, su gran compañera de vida.
Uno de sus mayores orgullos y logros más significativos ha sido la oportunidad de darles una buena educación a sus hijas, asegurándoles un mejor porvenir gracias al fruto de su sudor. Ante tantos éxitos, Pedro es categórico y humilde: todo se lo debe primero a Dios, y luego a las empanadas. Él es fiel creyente de que, poniendo los planes en manos divinas y trabajando duro, es posible alcanzar cualquier meta.
Un consejo para la juventud: «Trabajar no deshonra»
Con la autoridad que le dan sus años de experiencia y sus logros, Pedro aprovecha cada oportunidad para enviar un mensaje directo a las nuevas generaciones. Recuerda con orgullo que desde joven nunca sintió vergüenza de vender empanadas, pues entendía el valor de ganarse el sustento de manera digna.
«Trabajen fuerte. Trabajar no deshonra a nadie. En vez de ponerse a delinquir, pónganse a trabajar, porque trabajando de verdad es como se puede progresar y lograr las metas en la vida», aconseja con firmeza.
Pedro Miguel Gálvez demuestra día a día en El Seibo que los negocios tradicionales, cuando se manejan con amor, constancia y fe, no solo preservan la cultura gastronómica de un pueblo, sino que también construyen empresas sólidas, educan familias y sirven de ejemplo para todo el país.

